Nos veremos otra vez…
Serú Girán
Por Christian Arteaga – Docente FCSH
Esto que escribo va de un compañero a los compañeras y compañeros que participamos de un proyecto que intentábamos tomar el cielo por asalto. La primera vez que supe de Mario Unda fue a los 16 o 17 años, empezaba a militar seria y oficialmente. Su nombre era parte del aura mítica de los dirigentes de la nueva organización. Antes de conocerlo personalmente, supuse en mi imaginario a un tipo curtido por las luchas, serio, esquivo y de palabras precisas y económicas. Cuando lo observé ya en caliente, en una reunión por Santa Prisca, vi lo que era: un hombre de mediana estatura, un chiva y bigote estilo Trosky, con gran sentido del humor y de sapiencia mineral, hincha de Liga y olfato político inenarrable.
Supe que su don de dirigente no era impostado sino lo que le hacía legítimo era su carisma y poner el pecho a lo que pasaba en aquellos momentos. Era el año 1997 o 1998, había movilizaciones importantes y era la antesala del feriado bancario. Toda la retahíla de políticas neoliberales, Leyes trole I, II y III, intento de privatizaciones, entre otras. En ese interregno, Mario nos facilitaba y nos ayudaba a pensar la coyuntura, fortalecer la organización y militar con más fuerza y alegría porque estábamos creciendo y suponiendo que íbamos a hacer la revolución.
Recuerdo alguna vez, en un barrio del sur de Quito: La Lucha de los Pobres, con compañeros y compañeras que habían levantado un trabajo poblacional desde finales del ochenta, tuvimos una reunión -ya me habían hecho parte del secretariado ampliado- la cual inició con música entonada por los compañeros artistas como como A desalambrar de Daniel Viglietti y parte de la cantata de Santa María de Iquique de Quilapayun, especialmente con Vamos, mujer, partamos a la ciudad, todo será distinto…
Esos prólogos eran formas de conectarnos entre los militantes y pobladores, sin embargo, había un dirigente, un tipo mayor, de baja estatura y con trayectoria política importante, que en su tiempo había sido dirigente principal del MIR, que miraba aquellos actos con una suerte de desdén, hastío y molestia inocultable. Mario estaba a su lado y en cambio, se lo observaba acompañar a los músicos con palmas, después cantar los temas y estar con una gran sonrisa. Aquella reunión fue compleja, se hizo una crítica de nuestro trabajo, Mario fue claro y autocrítico: había una suerte de distanciamiento entre los responsables de los procesos levantados (para no decir dirigentes) y los que hacíamos el trabajo de masas, y había que corregirlo inmediatamente.
Por el contrario, el otro dirigente, cuando tomó la palabra hizo un cuestionamiento sin anestesia, es decir, reprochando las formas de iniciar la reunión con los músicos, en lugar de ir al punto y analizar el momento económico y político. Después de sus diatribas dispuso que se debía hacer, le respondimos que todos debíamos regresar al trabajo de masas. Aquello no le gustó, dijo algo y se retiró del lugar. El Mario se quedó y armamos la estrategia política de masas. Allí hubo la propuesta de construir un frente público que lo denominamos Convergencia Democrática por una nueva Sociedad.
Posterior a aquello con avances y retrocesos seguimos viéndonos en la vida. La organización entró en crisis, compañerxs vitales que fallecieron, cada uno supo anclarse a lo que podía, Mario siguió con las organizaciones sociales, indígenas y trabajadoras. Coincidíamos en algún evento académico o movilización, conversábamos de literatura, de música y fútbol. Yo pequeñoburguesamente me vinculé a la academia, como expiación de no cambiar el mundo, y allí nos volvimos a juntar. Hablamos del último momento político, decidimos meternos a la lucha por el rectorado, Mario fue imprescindible para forjar algo de las ciencias sociales.
Allí estábamos alguna gente con la cual no solo había coincidencias políticas, sino humanas. Esos atavíos nos llevaron a mantener la idea de un proyecto académico, con los límites que conocíamos y sabíamos. En aquellos entuertos nos llegó la noticia de su enfermedad, sabemos que luchó y fue siempre optimista. Decidimos crear un chat con el nombre del mayor lugar común sobre la tierra para estar siempre atentos a lo que sea y fue: Comando Central. Allí, la Nilka Pérez, el Rafel Polo, el Inti Cartuche y la Sole Chalco, compañeros docentes, dábamos debates y promesas de acciones. Mario siempre fue el cable a tierra para anclarnos en las realidades sobre nuestras fuerzas y posibilidades.
Por eso cuando todo se complicó aún más, decidimos guardar prudencia. Acompañar a Mario en todo lo que sea posible. La temporada final fue dura. Mario haciendo carne aquello que decía Gramsci del optimismo de la voluntad, expresaba que el cuerpo estaba débil, más no el espíritu ni la cabeza. Eso nos aliviaba, sabíamos que estaba lúcido. Pero el tiempo nos recuerda que es inexorable, y la enfermedad es su manera de hacerlo presente.
La última vez que lo visité, fue un jueves, estuvimos con la Sole Chalco, no logré decir nada. Me limité a ver cómo se comía un poquito de mandarina. Soledad lo abrazaba tiernamente como una madre. Mario estaba triste, yo lo noté. Casi no habló. Al rato de despedirme, dije: Marito e hice el saludo o despedida -que nos dejó la pandemia- con el puño. Salimos con la Sole y no nos dijimos nada. Mario se nos fue cinco días después.
