SANTA ELENA, 16 de junio de 2026. La Fiscalía de Santa Elena especializada en Delitos contra la Integridad Sexual fue escenario de una puesta en escena siniestra. Mientras Omar Campoverde rendía su versión sobre las agresiones sexuales que ha sufrido, los custodios de la “Cárcel del Encuentro” silenciaron el registro de audio durante unos segundos. Cuando el micrófono volvió a emitir sonido, la voz de Omar no era la misma: el miedo se había instalado. Asustado, exigió a la autoridad que proteja su vida e integridad, denunciando en tiempo real que acababa de ser amedrentado frente a la mirada cómplice del sistema.
Como periodismo militante, monitoreamos de manera permanente el proceso de los presos políticos, y fue precisamente su abogado quien alertó sobre este grave incidente. ¿Qué ocurrió en esos segundos de silencio forzado? La respuesta responde a un patrón que conocemos bien. Para Omar, cada comparecencia judicial no es un acto de justicia, sino un preludio de castigo. El Estado, que debería garantizar sus derechos, utiliza las diligencias para marcar a la víctima y recordarle, mediante la amenaza directa, que su voz es un estorbo para el aparato represivo.

La impunidad ya no es solo una omisión, es un protocolo activo. Recordamos con indignación lo ocurrido el pasado 6 de junio, cuando, como represalia por sus denuncias, obligaron a Omar —quien padece hipertensión— a permanecer y comer en una celda saturada de gas lacrimógeno. Este no es un hecho aislado; es el modus operandi de una cárcel diseñada para quebrar la voluntad de quienes se atreven a denunciar el horror.
¿Por qué la vida de Omar Campoverde nos importa tanto?
Nos importa porque Omar puede ser cualquiera de nosotrxs. No es solo un preso más expuesto a tratos crueles; es alguien que decidió dar el paso hacia la organización real, hacia la construcción de un tejido social que busca la igualdad más allá de la protesta virtual. Es alguien que fue señalado como «delincuente» por un sistema experto en fabricar mentiras para criminalizar la lucha popular.
Hemos acompañado de cerca su proceso y el de sus compañeros, y seguiremos haciéndolo. Sabemos que, en este país, alzar la voz contra la opresión conlleva un costo altísimo: la cárcel, el aislamiento y la vulneración sistemática de derechos. Por eso, su integridad es nuestra integridad. Aunque nuestras formas de lucha sean distintas, reconocemos en los presos políticos una causa que nos interpela: si hoy guardamos silencio ante el amedrentamiento en plena fiscalía, mañana cualquiera de nosotros podría enfrentar la misma indefensión sin que nadie alce la voz.
¿Acaso las denuncias de abuso sexual y tortura contra un preso político importan menos? ¿Acaso debemos observar esta barbarie desde la barrera por miedo a ser vinculadxs? El silencio ante esta atrocidad no es neutralidad, es complicidad.
La manipulación del micrófono hoy en Santa Elena no fue un error técnico; fue la evidencia de que el Estado opera bajo un fascismo carcelario que no tolera la verdad. Es imperativo que la sociedad y los organismos de Derechos Humanos exijan el cese de estas agresiones, logrando que esto no sea un discurso vacío, sino una acción inmediata. Omar Campoverde ha pedido que cuiden su vida, y nuestra responsabilidad (la de quienes creemos en un mundo más igualitario)es hacer que ese grito resuene más allá de los muros de la «Cárcel del Encuentro».
Que el miedo no nos paralice. La lucha de Omar es la lucha de todxs los que no aceptamos el abuso como normalidad.
