Del discurso de la «democracia» a la guerra por el petróleo

Amanecimos este sábado con una noticia grave y alarmante: Estados Unidos concretó su amenaza de bombardear Venezuela y de secuestrar al presidente Nicolás Maduro, tal como lo confirmaron horas después Donald Trump y su círculo de poder en una rueda de prensa marcada por la soberbia imperial. “Hablamos en serio”, dijeron sin ambigüedades.
¿La justificación? La de siempre. La mentira reiterada hasta el cansancio por quienes se asumen como dueños del mundo: la “democracia”, la supuesta lucha contra el “narco-terrorismo” y, por supuesto, la “paz”. Hoy lo volvieron a decir sin pudor: “esto es paz a través de la fuerza”.
Dejemos claro, de una vez por todas, que esto no implica respaldo alguno a Maduro, quien más allá del discurso no ha representado en la práctica los intereses populares, pero nada, absolutamente nada, justifica una intervención militar extranjera, el quebrantamiento de la soberanía venezolana y el desconocimiento del derecho de los pueblos a decidir su propio destino.
Como todxs sabemos —y es necesario repetirlo—, el verdadero objetivo de esta agresión es el petróleo y los vastos recursos naturales de Venezuela. El propio Trump lo ha dicho de manera directa y cínica: “vamos a recuperar el petróleo que nos han robado”. Anunció además la reconstrucción de la infraestructura petrolera y lanzó una amenaza abierta a quienes no se sometan a sus mandatos, dejando claro que el ataque a Venezuela es un mensaje de advertencia para cualquiera que desafíe a Estados Unidos.
Quienes hoy celebran esta invasión bajo la ilusión de una supuesta “libertad”, harían bien en revisar al menos un poco de la historia reciente. Libia, Irak, Afganistán, Siria: pueblos devastados, empobrecidos y sumidos en el caos tras ser “liberados” por el imperialismo, mientras sus recursos eran saqueados.
Lo ocurrido se inscribe claramente en la lógica de una intervención militar imperial, impulsada por Trump, que desconoce la soberanía de los pueblos y sienta un precedente de enorme gravedad geopolítica para toda la región. El único interés es el control de los recursos estratégicos y la tentativa de sostener un imperio en decadencia, hoy cuestionado por el avance de bloques como BRICS.
La pregunta que surge es inevitable: ¿qué viene ahora? Según Trump, Estados Unidos gobernará Venezuela hasta que se produzca una supuesta transición “limpia”. Todo indica que este escenario solo es posible con la complicidad de élites locales serviles, dispuestas a facilitar la entrega de los recursos nacionales a cambio de cuotas de poder.
¿Y qué nos queda a los pueblos?
No callar.
Alzar la voz con fuerza, articular una solidaridad internacional activa contra el imperialismo, porque hoy es Venezuela y mañana puede ser cualquier otro país hermano. Que la solidaridad no se limite a las redes: que se escuche en las calles, que se vea en la movilización, que sea tan clara y contundente como el grito con el que el imperio anuncia su saqueo.
Frente a la embestida de un imperio en decadencia, la resistencia y la solidaridad con el pueblo venezolano son una tarea urgente y colectiva.

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