por: Emma Vásconez
De la misma saga de frases clasistas como: “el pobre es pobre porque quiere”, ahora circula una nueva versión: “no todos merecen derechos, hay que ganárselos”.
Y me pregunto: ¿cómo se evalúa quién merece o no tener derechos?
El concepto de “derecho” no nació de la nada; es fruto de un largo proceso de construcción social y filosófica, resultado de la evolución del ser humano como ser social. Desde Sócrates y Platón, los filósofos se han preguntado por la justicia, la libertad y la igualdad, sentando las bases de lo que siglos después se convertiría en una lucha constante por la dignidad humana.
Los primeros rastros del reconocimiento de derechos aparecen en la antigua Roma, donde se hablaba de principios que pertenecen a todos los seres humanos por naturaleza. Sin embargo, el debate sobre quién era considerado realmente humano estuvo siempre presente. Durante siglos, se justificó la esclavitud bajo la idea de que las personas negras “no tenían alma”, negándoles así su condición de humanidad y, por tanto, sus derechos.
La historia humana está atravesada por este mismo conflicto: decidir quién “merece” derechos. Cada intento de vulnerarlos ha obligado a las sociedades a crear leyes para protegerlos. En 1215, la Carta Magna fue el primer documento en reconocer derechos y limitar el poder del monarca. Más tarde, pensadores como John Locke, Jean-Jacques Rousseau y Montesquieu sostuvieron que toda persona posee derechos naturales e inalienables, como la vida, la libertad, la propiedad y la igualdad.
Con la Independencia de Estados Unidos en 1776 y la Revolución Francesa en 1789, se proclamaron los Derechos del Hombre y del Ciudadano, marcando un hito en la historia de la humanidad.
Pero los avances nunca han sido definitivos. Los abusos y las guerras —especialmente la Segunda Guerra Mundial y el horror del genocidio judío— mostraron hasta dónde puede llegar el desprecio por la dignidad humana. Como respuesta, en 1948 nació la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la ONU, que estableció el reconocimiento global de la dignidad como base de todos los derechos.
En Ecuador, la Constitución de 2008 fue pionera en ampliar esa visión al reconocer los derechos de la naturaleza y declarar al país como plurinacional e intercultural. Además, garantizó derechos colectivos a los pueblos indígenas, afroecuatorianos y montubios, junto con los derechos individuales de todos los ciudadanos.
Debería ser motivo de orgullo contar con una Constitución que refleja una sociedad madura, consciente de su diversidad y de su compromiso con la vida. Sin embargo, hoy algunos buscan desmantelarla, precisamente con el propósito de eliminar derechos.
¿Por qué los seres humanos somos así?
Parece que, en lugar de valorar los derechos que tenemos, muchos se empeñan en pensar en los derechos que no quieren que tengan los demás.
