Otra Vez “Estos”, ¿Ahora Por Qué?: Waoranis en Quito Exigen Ser Escuchados, No Ignorados

Es posible que la imagen de líderes waorani llegando a Quito, después de tres días de caminata desde la selva, genere en algunos una sensación de déjà vu, un fastidio ante lo que se percibe como una interrupción más en el ritmo de la ciudad. «¿Otra vez estos?», «¿Por qué no se quedan en su selva?», «¿No entienden que el país necesita progreso?». Este imaginario, construido a menudo sobre la base de la distancia y la desinformación, nos impide ver la profundidad de la amenaza que los ha traído hasta aquí.

La razón de su viaje no es un capricho. Responde a una iniciativa gubernamental persistente y ambiciosa: la ronda petrolera Suroriente. Este plan, que busca expandir la extracción de petróleo en la Amazonía suroriental con la inversión de empresas privadas, representa para los waorani y otras nacionalidades indígenas (Achuar, Andoa, Shiwiar, Sapara, Kichwa, Shuar) una invasión directa a sus territorios ancestrales, el corazón de su existencia.

Imagina por un momento que tu barrio, el lugar donde has crecido, donde están tus recuerdos y tu sustento, es puesto en una subasta para la explotación de recursos. Esta es la realidad que enfrentan los waorani. Y su resistencia no es una simple «protesta», sino una defensa de su derecho al consentimiento libre, previo e informado, un principio fundamental reconocido internacionalmente que les otorga la potestad de decidir sobre lo que sucede en sus tierras.

Como pueblo de tradición oral, los waorani exigen algo que para muchos en la ciudad puede parecer obvio, pero que en la práctica se les niega: un diálogo intercultural real. No basta con documentos legales o reuniones en la frialdad de una oficina en Quito. Piden que la Corte Constitucional, la máxima autoridad judicial, se traslade a su territorio, que escuche de sus propias voces, en su lengua.

La historia de la ronda Suroriente está marcada por intentos fallidos y una constante oposición indígena. Desde la «XI Ronda» en 2012, las comunidades han resistido, argumentando que los procesos de consulta han sido una mera formalidad, una «socialización» sin el objetivo real de obtener su consentimiento, tal como lo estableció la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso Sarayaku. Incluso han logrado victorias legales importantes, como la de la comunidad Waorani en 2019 contra la explotación del Bloque 22, un fallo que prohibió la perforación en 180,000 hectáreas de su territorio.

Pero la ambición gubernamental persiste. Bajo la administración de Noboa, se planea estructurar la ronda Suroriente para el primer semestre de 2026, con la expectativa de una inversión privada de 20 mil millones de dólares y una producción de 300,000 barriles de petróleo por día en campos actualmente vírgenes. Este objetivo, aunque atractivo para la economía nacional, ignora las profundas preocupaciones ambientales (deforestación, contaminación de fuentes de agua, pérdida de biodiversidad en una de las regiones más megadiversas del planeta) y los impactos sociales y culturales (ruptura del tejido social, amenaza al patrimonio, violencia y alcoholismo, pérdida de identidad ancestral,  imposición sobre su autodeterminación y su vida digna).

La desconfianza de los waorani no es infundada. Han sido testigos de las consecuencias negativas de la explotación petrolera en otras zonas de la Amazonía: pobreza, contaminación, problemas de salud. No creen en las promesas de un «desarrollo» que históricamente ha significado la destrucción de su hogar y su forma de vida.

La llegada de los líderes waorani a Quito, no es solo una noticia pasajera. Es un llamado urgente a informarnos y a no ser indiferentes. Es una invitación a cuestionar las políticas que priorizan la extracción económica por encima de los derechos de los pueblos originarios y la salud de un ecosistema vital para el planeta.

La próxima vez que escuches sobre la resistencia indígena, recuerda que detrás de esa etiqueta hay historias de lucha por la supervivencia cultural y ambiental. La pregunta no es «¿otra vez estos?», sino ¿estamos dispuestos a escuchar realmente lo que tienen que decir y a reconocer el valor de sus territorios y su sabiduría ancestral? La respuesta a esta pregunta definirá el tipo de sociedad que somos.

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