Por: Claudia Vega
Juana María Galdona Sánchez @mariposa_trash desafía los límites de la escena under con «Fama y Guita», un proyecto que mezcla música, performance y poesía pensado para sacudir la modorra de estos tiempos de restauración conservadora.
Con paso acelerado Juana María Alejandra Galdona Sánchez, mejor conocida como Mariposa Trash en el submundo de las redes sociales, se acerca a la mesa que estoy ocupando en el Varela Varelita ubicado en la esquina de Scalabrini Ortiz y Paraguay.
Me citó ahí pues “es de los pocos lugares en la ciudad que no tienen música electrónica horrible y al palo de fondo”.
Su cabello enrulado y rebelde rojo fantasía, acompaña el look todo negro. Un delineado grande y pronunciado, estilo cat eye da cuenta de su audacia. A simple vista se nota que es una punk en todos los sentidos de la palabra. Punk desde la antigua acepción inglesa: rara, extraña, bordeando en lo inmoral. Punk desde la comprensión de hoy: anti normie, fuera de lo convencional.

Su acento no revela su origen, más bien esconde el estigma que la atraviesa: es venezolana. Una venezolana en Argentina. Otra venezolana en el mundo. Un número más parte de este éxodo que ya cuenta con casi 10 millones de personas que han abandonado su lugar de origen y que -aunque se intente tapar el sol con un dedo o con discursos que parecen cánticos de la trova sesentera que entona contra el imperialismo- advierte de una grave crisis multidimensional difícil de justificar.
“Yo soy una argentina nacida en Venezuela” sostiene siempre que le preguntan de dónde es, quizá queriendo evitar de manera inconsciente la vergüenza y pena que provoca la vulgaridad en la que ha decantado el que otrora fue uno de los procesos sociopolíticos más relevantes de la historia latinoamericana del siglo XXI.
En cuanto se acomoda en la silla puedo ver que lleva colgados como aritos dos blisters vacíos de medicamentos. Sobre aquel plástico gastado se lee en letras despintadas Tafirol, uno colgando de cada oreja. Enseguida toma la batuta y me pregunta: ¿Argentina es Latinoamérica? Como queriendo, otra vez, desmarcarse de la brutalidad de las “repúblicas bananeras”; territorios geográficos arbitrarios, de profunda riqueza y abismal desigualdad, llenos de absurdos aprendices de caudillos, desde la misma fundación hasta el día de hoy; presidentes banqueros, presidentes empresarios, presidentes militares, “presidentes” que aglutinan todos los poderes, “presidentes” que emprenden cruzadas jurídicas contra sus adversarios con el mismo estilo sanguinario de la edad media, presidentes que reciben mensajes de pajaritos.
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A los 23 años Mari se presenta, medio en broma medio en serio, como CEO de su plataforma artística. Para ella lo que hace es como cualquier otro trabajo. Todos los días le dedica mínimo 6 horas a “Fama y Guita”, un proyecto que cuesta ser definido, pues a pesar de que hay música, canciones, recitales, merchandising y discos, no se trata específicamente de una banda -en sus presentaciones no hay gente tocando instrumentos, salvo la batería de vez en cuando- pero sí hay letras y todo un performance bien producido, que acompaña a sus pistas -de elaboración propia- que son como Frankensteins hechos de pedazos de distintas canciones clásicas de la cultura pop, tracks de elaboración propia y ritmos disímiles que, pensados juntos, caerían en una especie de groteske musical.
Y es justamente eso lo que buscan transmitir: desconcierto, extrañamiento, incomodidad; despertar algo, aunque sea rechazo. “Venimos de una pandemia donde el soundtrack era: tengo un monoambiente en capital, hago mis canciones, fumo más. Yo pensaba: flaca se está acabando el mundo, la gente tiene ganas de cagarse a trompadas, bailar, moverse, hacer algo y el soundtrack ¿de verdad es este? no está representando nada y ahí empecé con mi poesía, a escribir libros de poemas y también empezó Fama y Guita que es una burla a los artistas que se hacían los elevados, medio progres, blandengues y pedorros.”

La propuesta de Juana María Galdona y Ricardo Ache Bozzini -de 73 años, pelado, ex militante de la izquierda peronista en los setenta, puto- es superadora, pues tampoco son solo un colectivo de artistas visuales y performáticos; lo más acertado sería retratar lo que hacen como un fenómeno contracultural en sí mismo. Una reacción a esta época donde la conformidad, el achatamiento y la desidia están a la orden del día.
“Quiero ser europeo y no me importan las humillaciones por ser un sudaca! ¡Quiero irme ya!” reza uno de los temas con los que Fama y Guita abrió su fecha de invierno en el Pura Vida de La Plata, emblemático bar por el que, según cuenta la leyenda, pasan todas las bandas que luego se vuelven importantes -al menos dentro de la escena rioplatense-.
Ataviados de arneses y casi semi desnudos Mari y Ricky H bailan frenéticamente mientras globos, serpentinas y picadillo caen cual magia desde el techo. Sus shows son como una fiesta infantil para adultos. Los bailarines mezclados entre la gente logran que todo el público rockero se mueva al ritmo de sus temas.
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Hay varios acontecimientos que pueden explicar el devenir de Mariposa Trash en un ícono en ascenso de la cultura marginal under. Haber estudiado en un colegio de monjas puede ser uno de ellos, otro es estar a punto de ser encerrada en un hospital psiquiátrico por haber tenido un ataque de pánico en la calle y morder a un policía o tal vez fue el haber venido de un país “más facho” que la Argentina, donde ni siquiera hay ley de matrimonio igualitario y los putos siguen siendo encarcelados y perseguidos por tener “actitudes inmorales”. Un país donde todavía está el abuelo que le hizo jurar antes de venir a Argentina que no se haría comunista o “marica”.
Llegó a Buenos Aires a los 15 años, arrastrada por los sueños de su papá y su madrastra: salir de la decadencia del régimen venezolano y venir al paraíso del libre mercado y la felicidad que proponía Mauricio Macri.
La decepción llegó pronto. El gobierno de Macri no sólo fue incapaz de recuperar la felicidad que les había prometido a sus electores, sino que también hundió al país en una de las deudas más grandes con organismos internacionales de la historia reciente.
Para la Mari que huyó del autoritarismo, las largas filas en el super, los cortes de luz, la inseguridad, la persecución a los opositores y otra serie de penurias bien conocidas por el mundo, pero deliberadamente ignoradas, la conclusión se mostraba clara como el agua: al final no importa la consigna, la política tradicional es una mierda.
“Para mí los partidos políticos están muertos. Son una manga de pelotudos que piensan que juntando firmas se cae Milei. Hagamos un change.org y sumemos un millón de firmas para que Milei no ponga el veto a los jubilados. ¡A Milei le chupa un huevo!”, me dice mientras toma sorbitos de su café con leche y remoja un pedacito de medialuna. Ya no bebe alcohol por problemas gástricos, secuelas de un pasado reciente alocado y lleno de excesos.
La biblioteca anarquista fue uno de los primeros refugios. Durante la adolescencia Mari se nutría de los textos de Bakunin y ahondaba en la historia del anarquismo en Argentina. Años después esta mirada configurada por las lecturas sería fundamental en su proceso artístico y en su manera tan particular de encarar la vida.
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Mariposa pronto se dio cuenta de que en este mundo, que clama por entretenimiento resulta más pedagógico abordar la vida desde la risa, lo performático, la bizarreada y la iconoclastia porque escuchar una salsa paródica con el nombre “Yankis de mierda!” siempre va a calar más hondo que cualquier paper de teoría decolonial en las rancias y tristes aulas universitarias.
Y precisamente para Juana María las aulas siempre quedaron chicas y su paso por la Universidad Nacional de las Artes le dejó con la acertada sensación de que el ambiente universitario es soso, desmovilizado, despolitizado y profundamente deprimente, pero, sobre todo, afianzó la certeza de que la vida universitaria tradicional ignora la realidad de los estudiantes de hoy: muy pocos tienen tiempo exclusivo para la universidad, la mayoría tiene que laburar para mantener sus estudios. La universidad pública es un adorno si las condiciones materiales son tan precarias y no permiten a los laburantes tener un espacio para la reflexión académica.
En su momento ella debió tomar una decisión: abandonó las clases y empezó a ver a su proyecto como facultad porque a fin de cuentas el arte es un oficio que se aprende haciendo y no hay una materia en la universidad que te enseñe a ser escritora, a vivir de la escritura. “No hay una cátedra que enseñe cómo venderte con las editoriales o que te enseñe a vender tus fanzines en la calle sin que te cague a trompadas la policía” dice con ironía.
Después de todo el arte que se imparte en la academia sigue siendo un espacio para nepobabys que no tienen que preocuparse por la salida laboral y que, por nombres y apellidos, tendrán todas las redes y contactos armados para hacerse un lugar en la escena del arte.
“Yo tuve que romper los huevos. Golpear puertas y no parar de moverme. Empecé en slams de poesía y en eventos de escritura y así me di a conocer. Nunca he querido ponerme en el papel de víctima; de la migrante trans que huyó de Venezuela. Seguramente eso garparía más. Pero yo no soy solo eso”.
Sentadas en el Varela Varelita hablamos de sus shows, de la necesidad de provocar algo en la gente; que sientan, que se indignen “yo quiero crear un nuevo circuito cultural y que otra gente que no es de las disidencias se sienta también identificada, no quiero ser solo alguien de nicho”. En este mercado de las identidades, propio de las sociedades actuales, luchar contra la fragmentación es cada vez más complejo, sobre todo en momentos en que la excesiva identificación ha sido un arma de doble filo pues parece estar impidiendo la construcción de proyectos políticos comunes.
Juana María apuesta a salir de esta lógica y en sus obras habla sobre política y problemas que atraviesan a lo que ella ha denominado “la juventud marginal” pero que realmente son cuestiones que atañen a la vida de todos los que vivimos de este lado del mapa, aunque no queramos verlo o admitirlo, pues no hay territorio latinoamericano que no haya sido en algún momento el patio trasero del norte global, preso de las deudas con los organismos internacionales de crédito o víctima de las benévolas y bien militarizadas asistencias yanquis.
El mundo es una mierda, pero dentro de Mariposa hay un convencimiento de que las cosas pueden salir bien, la certeza de que nadie es víctima del destino y que la única forma de cambiar las cosas es a través del hacer y hacerse a una misma, no desde la perspectiva individualista del mindfulness de moda, sino desde la idea de que es posible construir espacios que valgan la pena, “no pensar en las posibilidades es limitarse a seguir en el status quo, terminar siendo, sin darte cuenta un normie”, sentencia Juana María mientras nos aprestamos a salir.

