El Re de Café Tacuba o cómo el mestizaje se coló en la música

Por: Christian Arteaga

El pasado julio de 2024 se cumplieron 30 años de la publicación del segundo disco de Café Tacuba: Re. Dicho material constituyó y continúa siendo uno de los mejores discos en la historia musical latinoamericana, además de investirse como una especie de cronista urbano de una escena musical mexicana irreverente donde se albergó a bandas como La Lupita, Santa Sabina, La Maldita Vecindad, Víctimas del Doctor Cerebro, Caifanes, Fobia, Control Machete, Azul Violeta y Tijuana No.

Re, es un artefacto que entabla una conspiración híbrida que va sin estupor desde el bolero, pasando por el son, el mambo, el grunge, el trash industrial hasta llegar a ritmos mexicanos autóctonos. Algunos de sus temas fueron referentes de una juventud mexicana precarizada y con poco porvenir, como Ingrata -cuyo desenlace musical cedió a la cultura de la cancelación y a lo políticamente correcto, aduciendo que al final de la canción describía un femicidio, por lo tanto, Rubén Albarrán, vocalista del grupo, explicó en 2017 que ya no tocarían dicho tema en sus conciertos-. Esa noche, un bolero a lo Chavela Vargas que se inscribe en la recaptura de una vendetta amatoria cuando dice: No me hubieras dejado esa noche/ porque esa misma noche encontré un amor/ me abrazó el instante mismo que tú me dijiste adiós/ y no fue una gran tristeza/ fue como ir de menor a mayor. El baile y el salón, un tema pop que seducía a toda esa generación por su descarga erótica ambigua, sumado al estribillo pegajoso de Emanuel del Real, quien estaba a cargo de los teclados y la programación de baterías.

Aquel 1994, Carlos Salinas de Gortari, presidente mexicano ponía en rigor el Tratado Libre Comercio con Canadá y Estados Unidos de América, profundizando el neoliberalismo de manera acelerada a través de la privatización de la industria nacional, especialmente la hidrocarburífera. En enero de ese año, aparecía públicamente el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, cuyo germen fueron las Fuerzas de Liberación Nacional, conformadas a finales de los años 70, mismas que se internaron en la selva de Chiapas desde la década de los años 80, tomando contacto con comunidades indígenas de la zona.  En abril, apenas dos meses antes del Re, Kurt Cobain, líder de Nirvana, ponía fin a su vida en su natal Seattle. Con la misma fuerza estética, en el mes de mayo, se estrenaba Pulp Fiction, dirigida por Quentin Tarantino que significó un remake estetizado del splash movie de los años 80, que, valga acotar, el único que le otorgó un sentido artístico y fuerza visual a dicho género -por fuera de los bodrios de todas las partes de Viernes 13 con Jason y Pesadilla en la calle Elm, con Freddy Krueger- fue Bryan de Palma con Los Intocables y Scarface.

Como vemos, este álbum de Café Tacuba, se insertó en una producción cultural que daba cuenta de unos años sinuosos en lo político y económico. Producido completamente por Gustavo Santaolalla, el disco inicia con El aparato, una tonada que se abre con una guitarra y narra en su lírica, la visión de un personaje que mira una luz que lo desazona, la música es un crisol que se ralentiza de a poco, mostrando esas influencias del britpop y de los coros indígenas. Posteriormente, Ingrata, que ya habíamos referenciado y El ciclón, esta se concibe en términos circulares en su letra, pero musicalmente el teclado en toda la canción nos acerca a la new wave más pura, y se acopla con una guitarra que desemboca en un estribillo que dice: Gira y da vueltas y rueda girando/ gira y da vueltas y rueda y rueda/ quiero hacerla un cuadrado deformarla en un triángulo/ pero la vida vuelve a su forma circular. Es decir, un permanente retorno al inicio desde el fin.

El borrego, un trash industrial con loops programados y la letra que vindica una especie de sujeto mimetizado en todo: desde el rock, el anarquismo, el punk, el sindicalismo hasta su gusto por Luis Miguel. Lo singular de la canción, es el solo de la guitarra que supone una desafinación, pero es un recurso cínico bien presentado, que juega con la resistencia del oyente. 24 horas, Ixtepec y El metro, poseen algo en común, y son las baterías programadas como ritmos que no se aletargan, y resaltan algo más complejo: la fantasmática presencia de la new wave urbana que parecía haberse esfumado. Sin embargo, en dicha década, aquel fantasma no era percibido, más bien era confinado al archivo de los sonidos que ya no se oían o se habían estancado.

Trópico de Cancer es el tema más crítico y combativo. Es una interpelación al progreso, especialmente, en el asunto petrolero. Está presentado a modo de diálogo entre un ingeniero llamado Salvador y otro ingeniero petrolero. En alguna parte de la canción le dice el ingeniero a Salvador: ¿Qué no ves que eres un puente/ Entre el salvajismo y el modernismo?/ Salvador, el ingeniero/ Salvador de la humanidad. Es decir, hace emerger esa dicotomía fundamental de la conformación de los estados latinoamericanos entre civilización y barbarie, cuando Salvador le responde: Por eso yo ya me voy/ No quiero tener nada que ver/ Con esa fea relación de acción/Construcción, destrucción… El tema finaliza con sonidos de martillos golpeando alguna estructura metálica para inmediatamente pasar a El fin de la infancia. Una especie de corrido o música banda, pero con letra que critica al  mestizaje hegemónico en la historia latinoamericana y su salida es a lo José Martí en Nuestra América, pensar por nosotros mismos, por eso dicen: Seremos capaces de pensar por nuestra cuenta/ seremos capaces de bailar…

Madrugal, es un bolero precioso, que uno puede asumirlo sin música como si fuera un texto de Carlos Monsivais. Propone una observación atenta del Zócalo, tal vez. Es una pátina de la cotidianidad que está presente en la vida de todos. Pez y Verde, son dos caras de la misma moneda, articuladas de modo apolíneo, la batería eléctrica y el riffde una guitarra electroacústica se pierden por unos momentos para dar paso a un susurro de Albarrán que va increscendo para narrar un episodio metafísico de un ser acuático, para cerrar con Pez de nuevo.

La negrita, un tema que recurre a la trova con mensaje y paradoja. La migración es la cuestión central, donde aquella es un elefante blanco que no es respuesta ni tampoco soluciona. Por tanto, a veces es mejor quedarse.  El tlatoani del barrio, es una especie de rock ochentero, que traspola las figuras del imperio azteca al mundo urbano y barrial chilango, por eso tlatonai es emperador en lengua nahuatl. Las flores, sin duda, es otro de los éxitos de este disco, y resulta claramente un ska en todo sentido del ritmo, pero en determinado momento se incorpora un cuatro venezolano lo que le otorga un sincretismo sentimental.

El baile y el salón, como explicamos más arriba, sumado un toque vanguardista. La penúltima de la canción es una joya: El puñal y el corazón. Una letra, si bien melodramática, el mambo resurge de forma brutal. Al final, el aceleramiento a lo Pérez Prado da un toque envolvente y pegadizo -que bien puede ser entendido o escuchado como un pitch musical- Si uno aguza el oído con detenimiento puede sentir la combinación de la flauta traversa con el violín como algo nuevo que pone en cuestionamiento al momento del rock noventero. Finalmente, El balcón, una letra bucólica con ciertos compases de jazz, la plantación de esclavos como escenario para un encuentro romántico e idílico.

Re, no es una continuidad sonora, es un caleidoscopio que se dejó ayudar por MTV. Los que crecimos con ese álbum, conocemos sus matices de memoria y sus gamas que nos procuraron una imaginería que nunca más la volvimos a escuchar.

Escucha acá el álbum completo: https://youtu.be/sEPU6SNscfw?si=j6-_zX9yzJ7JeIXT

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