Esmeraldas y la banalidad del mal

Por: Claudia Vega

Allá en 1961 invitaron a Hannah Arendt desde el New York Times a cubrir el juicio a Adolf Eichman, responsable de la logística de los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.
Después de escuchar su testimonio durante el juicio y la forma en que Eichman relataba con total tranquilidad los mecanismos con los que había enviado a miles de personas a morir en los campos de concentración, la filósofa alemana sobreviviente del Holocausto, esbozó su célebre concepto: la banalidad del mal. En líneas generales, cualquiera de nosotros puede causar el mal si no reacciona a tiempo. Mirar a un costado o seguir órdenes sin reflexión nos hace igual de culpables que los verdugos. El silencio nos hace cómplices.

El mundo de hoy está azotado por la violencia, a vista y paciencia de todos se está gestando un genocidio en Gaza, en Europa del este los enfrentamientos continúan y para no ir tan lejos nuestro país se encuentra al borde del abismo como resultado del crimen y la miseria.

Esmeraldas, históricamente devastada por la pobreza y el abandono estatal a causa del racismo estructural de la sociedad ecuatoriana empieza el 2024 en total agonía.

Desde hace meses, cientos de niños han dejado de ir a la escuela a causa de las paupérrimas condiciones de los establecimientos educativos y el clima de inseguridad que parece haber permeado todo. Las autoridades locales y nacionales poco o nada han hecho para intervenir en esta situación. El presidente Daniel Noboa, de forma indolente se ha atrevido a decir que sus primeras cinco semanas de gobierno han sido todo un éxito mientras en varias ciudades del país las balaceras, los robos, los asesinatos no cesan.

El 29 de diciembre, como para cerrar con broche de oro uno de los años más violentos de la historia de Ecuador: tres vehículos fueron incendiados y se perpetraron robos a mano armada en distintos sectores de Esmeraldas.

Pero estos sucesos son solo la cereza del pastel, la punta del iceberg que está por acabar, como si de limpieza social se tratara, con una población entera. Los esmeraldeños no solo son víctimas de la delincuencia organizada sino que tampoco tienen acceso a servicios básicos como agua potable o vías asfaltadas, las casas están hechas con ladrillos y los techos de zinc, haciendo de las vidas de quienes habitan aquellos espacios algo inhumano, miserable. Los niños y adolescentes de los barrios viven con miedo e incertidumbre, pues en cualquier momento podrían ser reclutados por alguna de las bandas criminales que operan en el territorio. Aquellos con un poco más de suerte y dinero han logrado escapar de la provincia.

Casi todas las noches, las bandas se enfrentan a balazos, como si se tratara del lejano oeste. La policía y la milicia desplegada después de los reiterados estados de excepción nada pueden hacer para evitar los enfrentamientos.La gente solo atina a callar y esconderse hasta que el fuego cese.

Así como los niños esmeraldeños se han acostumbrado a no ir a la escuela, a vivir en la pobreza y a jugar en medio de las balas y los escombros, los ecuatorianos nos hemos

acostumbrado a vivir sin Estado, hemos decidido mirar para un costado mientras los pobres del país cada día se vuelven más pobres y las clases medias son lentamente borradas. Preferimos mirar a otro lado mientras miles de personas pierden la vida cruzando la selva del Darién para llegar a los Estados Unidos porque la situación en el país es invivible. Optamos por normalizar la pobreza y decadencia en la provincia de Esmeraldas, paradójicamente donde se encuentra la Refinería Esmeraldas, que juega un papel crucial en el procesamiento del petróleo crudo.

El Ecuador poco a poco se va convirtiendo en un país de indolentes y apáticos cuyo máximo exponente es el Presidente, que en su universo paralelo de viajes y muñecas Barbie, sigue haciendo campaña electoral y pretende clavar una consulta popular, que le saldrá carísima al país, mientras beneficia con leyes a los grupos que concentran el poder económico.

La inacción es igual de condenable que el cometimiento de crímenes atroces, el silencio es igual de perjudicial que la mentira. El no hacer nada contribuye pasivamente al horror. Pero no creamos que son solamente los que se quedan callados los únicos culpables. También tienen responsabilidad aquellos que por dogmatismos políticos y odios irracionales prefieren ver a un país destruirse.

No nos olvidemos de las lecciones que nos ha dado la historia, no olvidemos que el nazismo se alimentó de odio a una identidad y de silencio. No permitamos que la banalidad del mal se tome nuestras vidas y termine con nuestro país.

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